Hace poco agrupaciones religiosas
salieron a decir que el PRI perdió en estas elecciones recientes, debido a su
apoyo al “matrimonio gay”. No fue por la inseguridad, no fue por la corrupción,
ni fue porque Tamaulipas, Veracruz y Quintana Roo se estuvieran convirtiendo en
estados asoleados por el autoritarismo y el derroche de sus gobernantes;
simplemente fue porque el presidente, Enrique Peña Nieto, hizo iniciativas a
favor del matrimonio igualitario y del reconocimiento por la diversidad de género
(1).
No me molesta que la Iglesia exprese
semejante disparate, sino su pensamiento tan simplista y limitado para ver más
allá de sus narices. No obstante, hay otros como el Padre Solalinde (y
seguramente debe haber más asociaciones religiosas), que tienen claro el nivel
de rezago en que actualmente se encuentra la jerarquía católica; la cual “está
desconcertada por todo lo que estamos viviendo, porque no los prepararon para
este mundo. Los siguen formando con algunos rasgos como de la Edad Media, y ya
no estamos en esa época; tenemos que entender el mundo que vivimos” (2).
La religión cristiana ha tomado al
matrimonio como creación suya, y ésta es una falsedad. En la antigüedad romana
el matrimonio se consumaba por medio de un contrato que era un mero acuerdo
entre familias, y no con la unión carnal (3). Poco les importaba si la pareja
tenía relaciones sexuales o no, simplemente era una forma de conservar el
patrimonio familiar. Todavía durante la Edad Media no existía una legislación
clara acerca del matrimonio, este rito se realizaba en casa y en privado. Fue
hasta el Concilio de Trento (1545 – 1563) que se fijó una normativa para este
vínculo, y que nos dio el matrimonio que conocemos ahora: solemne e indisoluble
(4). En el transcurso, muchas familias romanas
estuvieron en desacuerdo con que la Iglesia se inmiscuyera en sus
asuntos privados; ahora nos encontramos en ese mismo punto y con la misma
pregunta: “¿por qué la Iglesia quiere continuar inmiscuyéndose en asuntos y
contratos privados que se hacen entre dos personas?”
El matrimonio igualitario no viene a
cambiar al matrimonio religioso. La iglesia va a poder seguir promoviendo la
familia tradicional desde sus templos, pero no pueden negarles sus derechos
civiles a los demás. No pueden seguir haciéndoles sentir a las personas que
valen menos que ellos, que no pueden aspirar a la igualdad de oportunidades. Cuando
pasen los años ¿de qué lado quieren estar? Del lado de aquellos que decían que
la esclavitud era necesaria, del lado de los que decían que los judíos no
podían tener un patrimonio, ni ejercer profesión alguna, del lado que afirmaba que
las mujeres no podían votar porque no se merecían los mismos derechos que los
hombres; del lado equivocado.
Cuando una asociación como la Red Pro
Yucatán nos dice: “trabajemos juntos, sociedad
y gobierno para defender los verdaderos derechos humanos, muéstrenos su
verdadero compromiso por el bienestar familiar y con la sociedad mexicana” (5)
¿Están entendiendo lo que son los derechos humanos? ¿Cómo saben ellos cuales son
“los verdaderos derechos humanos” y cuáles no? ¿Quién les dio esa autoridad? Yo
lo único que veo en esta afirmación es que se les se les olvidó algo muy
importante: los derechos humanos son de aplicación universal y todos los seres humanos
son iguales ante la ley.
¿Podemos ver más allá de las etiquetas?
¿Podemos ver más allá de las etiquetas?